Publicada inicialmente en Junio 28 de 2013
Todos tenemos historias por contar, historias por recordar, historias por escribir, historias por olvidar e historias por vivir. Algo así como dijera Fiódor Dostoievski: “Todos los hombres tienen recuerdos que sólo contaría a sus amigos, otras cosas que sólo se contaría a sí mismo, y otras que teme aun contarse, y todos tienen una cantidad de todas estas cosas guardadas en su mente”.
Todos y cada uno de los que transitamos la carretera de la vida contamos con una ideología o filosofía para caminar; algunos la tienen definida, otros varían en cada paso y otros aún ni se preocupan por descubrirla, pero inconscientemente la tienen o la van construyendo.
Se preguntarán por qué titulé el presente escrito con la frase “historias en mi mochila”; por tal razón y ante la posible inquietud he de responder que el título obedece precisamente a una mochila, si, a una que me acompaña hace más de 13 años. De hecho, muchos tienen una manilla, un par de zapatos, una cobija, cualquier prenda o en su defecto, una mochila que los acompaña a casi todos los lugares que visitan, transitan y/o habitan.
Sentir empatía con un objeto resulta normal, de hecho cada quien le da valor a lo que tiene, siendo éste superior al que otros podrían darle, obedeciendo al valor sentimental que cobra con cada historia vivida donde se ha hecho presente. Sin embargo, tarde o temprano esos objetos se van, se los llevan o los dejamos ir, tal como le pasara a un conocido, quien conservaba su primer biblia, y después de unos 20 años la vio ir en un taxi donde se había movilizado.
Todos tenemos historias y todos queremos tener historias; si de nosotros dependiera creo que escogeríamos unas donde las sonrisas abundaran, el dinero aumentara y las tristezas y soledad se hicieran ausentes, pues vivimos tan pendientes de cómo realizar esas historias que perdemos la esencia de la sorpresa y la improvisación, siendo estas las que construyen esos recuerdos posiblemente hermosos y merecedores de ser contados y recordados.
Por último, me gustaría invitarles a todos ustedes, escritores de historias prácticas a que sonrían cuando las vivan, y si esa sonrisa es honesta y no dañina, quizá así y sólo así el futuro no se ría de nuestro pasado, cambiando las sonrisas iniciales en su antónimo más cercano. Vivan, sonrían y sigan escribiendo.